Hoy, mientras escuchaba el sermón "Clave su silla", sentí que Dios me estaba hablando directamente. No sé si alguna vez te ha pasado, pero fue de esos momentos en los que parece que todo se alinea y la enseñanza toca justo donde debe. No era solo un mensaje más, sino un recordatorio de algo que, aunque sabía, no había terminado de procesar: la importancia de estar presente en la casa de Dios.
Me di cuenta de que no basta con creer en Dios o decir que lo amo. Si realmente quiero recibir lo que Él tiene para mí, tengo que estar ahí, con constancia y compromiso. Porque cuando uno está fuera, se pierde lo que pasa adentro. Y no hablo solo de los sermones o las reuniones, sino de las oportunidades de bendición, de crecimiento y de comunidad.
La importancia de estar presente
Mientras reflexionaba sobre esto, Dios me hizo ver que es una lección que ya he vivido en mi propia familia. Desde hace un par de años, estoy separado de mi esposa, y uno de mis hijos vive con ella. A veces él se queja de que su hermano, que está en casa conmigo, tiene más cosas o mejores oportunidades. Y la realidad es que no es que yo quiera darle menos, sino que simplemente no está presente cuando esas oportunidades llegan.
Y así mismo es con la casa de Dios. No es que Dios haga favoritismos o bendiga más a unos que a otros, sino que cuando no estamos en su presencia, nos perdemos lo que Él está haciendo. Las bendiciones no son solo materiales; muchas veces son enseñanzas, momentos de revelación, crecimiento espiritual y la oportunidad de servir y desarrollar los dones que Dios nos ha dado.
No puedo reclamar lo que Dios quiere darme si no estoy ahí cuando Él lo entrega.
Anclarme en mi lugar
Ahí entendí lo que significa “clavar mi silla en Dios y luego clavarme en ella”. No se trata solo de asistir de vez en cuando o de acercarme a Dios cuando tengo problemas. Es hacer de mi relación con Él algo firme, inamovible. Es decidir que, pase lo que pase, voy a estar en su casa, en su presencia, porque sé que ahí es donde debo estar.
Es fácil dejarse llevar por la rutina, las preocupaciones diarias y el cansancio, y sin darnos cuenta, nos alejamos. Pero cuando nos alejamos, dejamos de ver lo que Dios está haciendo. Perdemos la oportunidad de recibir respuestas, de encontrar dirección y de sentir su paz en medio de cualquier situación.
Sé que no es un cambio que se haga de la noche a la mañana. No digo que ya lo haya logrado al 100%, pero hoy tengo una nueva perspectiva. Hoy sé que mi lugar es en la casa de Dios, y que si quiero crecer, recibir y cumplir el propósito que Él tiene para mí, tengo que estar ahí.
Regresar a casa
Este sermón también me llevó a otro punto importante: reconocer que me había alejado y pedir perdón. No siempre es fácil admitir que nos hemos distraído o que hemos dejado en segundo plano nuestra relación con Dios. Pero Él, en su amor y misericordia, siempre está dispuesto a recibirnos de vuelta.
Le doy gracias porque su casa sigue abierta para mí. Porque nunca me ha rechazado, nunca me ha dado la espalda. No importa cuánto tiempo haya estado lejos, Él sigue siendo mi Padre, y yo sigo siendo suyo.
Así que hoy decido clavar mi silla en su presencia, en su casa, en su propósito. No quiero vivir fuera, perdiéndome lo que Él tiene para mí. Quiero estar ahí, firme, presente, recibiendo y dando lo mejor de mí.
Porque ahí, con Él, es donde realmente pertenezco.
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