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Confiar como niños, vivir con sabiduría

 



Imagina que estás en un parque de diversiones y tienes tres opciones:


1. Ser un niño que se emociona por cada juego sin preocuparse de nada.

2. Ser un joven que se cree el más valiente y quiere subirse a la montaña rusa más extrema sin medir las consecuencias.

3. Ser un adulto mayor que ha visto de todo y prefiere quedarse en la banca, viendo a los demás disfrutar.

Cada etapa de la vida tiene su manera de ver las cosas, pero Dios nos llama a tener un corazón de niño no en inmadurez, sino en confianza, obediencia y dependencia. Vamos a explorar cómo esto se aplica a cada etapa de la vida.


1. La niñez: la etapa de la confianza plena


Cuando somos niños, dependemos completamente de nuestros padres. No nos preocupamos por qué vamos a comer o cómo pagarán las cuentas; simplemente confiamos en que alguien se encargará de eso.


Jesús dijo en Mateo 18:3:

"De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos."


Él no nos dice que seamos infantiles, sino que recuperemos esa capacidad de confiar sin reservas. Cuando un niño da un salto al vacío y dice “¡Atrápame!”, no duda en que su padre lo sostendrá. Así deberíamos ser con Dios: confiando en que Él nos sostiene en cada situación.

Pero, ¿qué pasa? Crecemos y empezamos a querer hacerlo todo solos.


2. La juventud: la etapa de la independencia (o eso creemos)


Cuando somos jóvenes, queremos demostrar que podemos con todo. Creemos que sabemos más que nuestros padres, y muchas veces actuamos sin pensar en las consecuencias. Es como aquel joven que quiere subirse a la montaña rusa más extrema sin revisar si su cinturón está bien puesto.


En esta etapa, hay dos peligros:


1. Rebeldía sin dirección: Como el hijo pródigo que pensó que podía manejar su vida solo y terminó cuidando cerdos (Lucas 15:11-32).



2. Orgullo disfrazado de autosuficiencia: Creemos que todo depende de nosotros, y cuando las cosas no salen como queremos, nos frustramos.

Pero Dios nos llama a una juventud con sabiduría y confianza en Él, como David cuando enfrentó a Goliat. No fue con su propia fuerza, sino con la certeza de que Dios estaba con él.

La clave en esta etapa es aprender que ser independiente no significa dejar de depender de Dios.


3. La adultez: la etapa de la preocupación (y el cansancio también)


Llega la adultez y, de repente, los juegos del parque de diversiones ya no parecen tan divertidos. Ahora estás pensando en cuentas, trabajo, familia, salud… y las preocupaciones comienzan a ahogar la alegría de la vida.


Jesús nos advirtió de esto en Mateo 6:25-34:

"No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber… vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas."


El problema de la adultez es que olvidamos lo que sabíamos de niños: que Dios cuida de nosotros. Nos sentimos responsables de todo y nos cuesta soltar el control. Nos volvemos como Marta en la Biblia, ocupados en tantas cosas que nos olvidamos de sentarnos a los pies de Jesús como María (Lucas 10:38-42).


Pero Dios quiere que vivamos con la paz de un niño que confía en su Padre, sabiendo que Él proveerá.



4. La vejez: la etapa de la reflexión y la espera


Al llegar a la vejez, muchos miran atrás con nostalgia o arrepentimiento. Algunos se sientan en la banca del parque, viendo a los demás jugar, pensando que su tiempo ya pasó. Otros se aferran al control porque creen que si ellos no hacen las cosas, todo se vendrá abajo.


Pero en esta etapa, Dios nos llama a la sabiduría y la esperanza. Salmo 92:14 dice:

"Aun en la vejez darán fruto; estarán vigorosos y lozanos."


La vida no termina con la edad; sigue habiendo propósito. Moisés tenía 80 años cuando Dios lo llamó a liberar a su pueblo. Simeón y Ana en el templo esperaron con paciencia la llegada del Mesías. La clave en esta etapa es descansar en Dios y seguir confiando en que Él tiene un propósito hasta el último día.



Conclusión: vivir con un corazón de niño


Dios no nos pide que actuemos como niños caprichosos o inmaduros. Nos llama a confiar, depender y obedecer como un niño que sabe que su Padre celestial cuida de él.

Así que, no importa la etapa en la que estés:

Si eres joven, aprende a confiar antes de lanzarte a lo loco.

Si eres adulto, deja de preocuparte por todo y recuerda que Dios tiene el control.

Si eres mayor, sigue creyendo y esperando en Dios con la misma confianza de un niño.

La vida es un parque de diversiones, y Dios es el que tiene los boletos. En lugar de tratar de colarnos en cada juego o quedarnos sentados viendo a otros disfrutar, mejor confiemos en que Él sabe cuál es la mejor atracción para nosotros.


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