Hay días en los que el océano dentro de mí no tiene nombre. Remo con los brazos rotos, convencido de que la orilla está cerca, pero las olas me susurran otra verdad: *"No luchas contra el agua, sino contra tu propio peso"*. ¿Cuántas veces he fingido ser náufrago de mí mismo? Caer no duele tanto como el ritual de levantarse con las rodillas sangrando, repitiendo los mismos pasos hacia un abismo que, al menos, ya conozco. La comodidad del fracaso es una celda con llave en el bolsillo… pero hoy la siento oxidada entre mis dedos.
Medité en el reflejo del "yo" que no quiero ser: un eco de promesas vacías, un hombre que intercambió sus sueños por atajos llenos de niebla. Y entendí algo: no es el miedo a cambiar lo que me paraliza, sino el terror de descubrir que, tal vez, ni siquiera *quiero* lo que he perseguido. ¿Y si toda esta lucha es solo un disfraz para no admitir que me perdí en el mapa de las expectativas ajenas?
Veo cómo el mundo premia a quienes juegan con fuego y queman puentes con sonrisas. ¿Por qué la autenticidad asusta más que las mentiras bien envueltas? Quizás porque la luz revela grietas, y a nadie le gusta mirar de frente lo que no puede entender… ni controlar. Me duele, sí, pero ya no me sorprende: las sombras siempre han sido más cómodas que los espejos.
Sin embargo, hoy algo es distinto. En medio de este torbellino, encuentro una calma extraña. No es felicidad plena, ni resignación: es la certeza de que, por primera vez, *no me engaño*. Acepto mis errores como cicatrices, no como banderas. Celebro haber amado, haber fallado, haber soltado… incluso si duele más que el silencio. Porque ahora sé que cada caída me enseñó a distinguir entre el barro y la tierra fértil.
Tal vez no soy la opción perfecta, ni la más brillante, ni la que el mundo esperaba. Pero hoy elijo creer que hay belleza en nadar contra la corriente cuando la corriente te ahoga. Mañana podría volver a tambalearme, lo sé… pero hoy, al menos, reconozco mi rostro en el reflejo. Y eso basta para seguir remando, aunque el mar insista en llamarme hacia el fondo.
Al fin y al cabo, las mareas cambian. Y yo llevo sal en las venas.
Hay un momento en el que el cansancio se convierte en claridad. Cuando el cuerpo ya no puede más, la mente se rinde y el alma, por fin, habla. Hoy escuché su voz. No era un grito, ni un susurro… era una pregunta: *"¿Qué harías si dejaras de temerle al fracaso?"*. Y ahí, en ese instante, entendí que no he estado luchando contra el mundo, sino contra mi propia sombra. Una sombra que crece cada vez que me comparo, cada vez que me juzgo, cada vez que me niego el derecho a ser humano.
He pasado tanto tiempo buscando respuestas fuera de mí, en los ojos de los demás, en sus aplausos o en sus silencios. Pero hoy sé que la verdad no está en lo que otros ven, sino en lo que yo siento cuando cierro los ojos y me enfrento a mí mismo. No es fácil, lo admito. Mirarse sin máscaras duele más que cualquier crítica, pero también libera más que cualquier elogio.
A veces pienso en todas las versiones de mí que he dejado atrás: el niño que soñaba sin miedo, el joven que creía en el amor eterno, el adulto que pensó que tenía todas las respuestas. ¿Dónde están ellos? ¿Se perdieron en el camino? No, están aquí, dentro de mí, recordándome que cada caída fue también un paso hacia adelante, que cada lágrima regó algo que ahora está listo para florecer.
Y aunque a veces sienta que el mundo prefiere el humo a la luz, ya no me importa. Porque entendí que no estoy aquí para competir, sino para existir. Para ser fiel a mí mismo, incluso si eso significa nadar contra la corriente. Incluso si eso significa soltar a quienes no están listos para acompañarme en este viaje. No es rencor, es respeto: por ellos, por mí, por lo que somos y lo que podríamos ser.
Hoy no tengo todas las respuestas, pero sí tengo una certeza: no quiero volver a ser quien fui. No quiero ser el hombre que se esconde detrás de excusas, ni el que busca validación en lugares vacíos. Quiero ser quien se atreve a vivir, a sentir, a equivocarse y a levantarse, una y otra vez, sin miedo a las cicatrices. Porque las cicatrices no son marcas de derrota, son mapas de supervivencia.
Así que aquí estoy, con el corazón en la mano y los pies en la tierra. Listo para abrazar lo que venga, porque sé que, al final, no importa cuántas veces caiga: lo que importa es cuántas veces me levanto. Y hoy, me levanto con una sonrisa, no porque el dolor haya desaparecido, sino porque he aprendido a bailar con él.
El mar sigue llamándome, pero ya no tengo miedo de ahogarme. Porque ahora sé que, incluso en las profundidades, hay luz. Y yo llevo esa luz dentro.
Hoy desperté con una sensación extraña: no era felicidad, ni tristeza… era paz. Una paz que no viene de la ausencia de tormentas, sino de saber que puedo navegar en medio de ellas. Porque al fin entendí que no soy el barco, ni el capitán, ni siquiera el viento. Soy el mar, y como el mar, tengo la capacidad de ser tempestad y calma, de destruir y de crear, de retroceder y de avanzar. Y eso, eso es poder.
He pasado tanto tiempo buscando un rumbo, una brújula que me guíe hacia un destino perfecto, pero hoy sé que la perfección no existe. Lo que existe es la elección. Elegir levantarme cada mañana, elegir creer en mí incluso cuando nadie más lo hace, elegir soltar lo que me lastima y abrazar lo que me hace sentir vivo. Y en esa elección, encuentro libertad.
A veces miro hacia atrás y veo las huellas que he dejado: algunas rectas, otras torcidas, algunas profundas, otras apenas visibles. Pero todas son mías. Y aunque hubo momentos en los que quise borrarlas, hoy las abrazo. Porque cada una de ellas me trajo aquí, a este instante, a este ahora en el que decido quién ser y hacia dónde ir. No puedo cambiar el pasado, pero puedo honrarlo viviendo el presente con intención.
Y sé que habrá días en los que el viento falte, en los que las olas parezcan más altas que mi voluntad. Pero también sé que tengo algo que antes no tenía: la certeza de que puedo caer y levantarme, de que puedo perder y volver a encontrar, de que puedo dudar y, aun así, seguir adelante. Porque la vida no se trata de no tener miedo, sino de actuar a pesar de él.
Así que hoy me comprometo conmigo mismo. No a ser perfecto, ni a tener todas las respuestas, sino a ser auténtico. A vivir con los ojos abiertos, el corazón dispuesto y las manos listas para construir, para sanar, para crear. A soltar las cadenas de las expectativas ajenas y abrazar la libertad de ser quien soy, sin excusas, sin disculpas, sin miedo.
El mar sigue ahí, infinito e impredecible, pero ya no me asusta. Porque he aprendido a bailar con sus olas, a respirar en sus profundidades, a encontrar belleza en sus misterios. Y sé que, aunque a veces me lleve hacia lo desconocido, siempre me devolverá a mí mismo.
Así que aquí estoy, listo para zarpar. No sé qué hay más allá del horizonte, pero sé que lo que importa no es el destino, sino el viaje. Y yo… yo estoy listo para vivirlo.
Yo no soy la tormenta, ni el barco, ni el viento , yo soy el mar, ahora tengo el control .
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