Verás, estoy tratando de agarrar el hábito de leer la Biblia, y mientras me acostumbro, empecé con algo sencillo: leer el proverbio del día. Hoy me encontré con Proverbios 8… y, sinceramente, me explotó la cabeza.
Este capítulo deja claro que la sabiduría no es algo escondido ni reservado para unos cuantos. Todo lo contrario. Grita en las calles, se para en las alturas, en las puertas de la ciudad, buscando a quien quiera escucharla. No se anda con rodeos ni se queda esperando a que la descubran por casualidad; está ahí, alzando la voz, insistiendo en que la sigamos.
Y entonces suelta una verdad incómoda: rechazarla es básicamente firmar tu propia sentencia. Porque sin sabiduría, ¿qué somos? Puro desastre andante, tomando decisiones al azar, tropezando con los mismos errores una y otra vez. Pero cuando la abrazas, cuando la buscas como si fuera un tesoro escondido, todo cambia. No se trata solo de acumular conocimiento o de ser inteligente, sino de entender la vida con una perspectiva más alta, más clara, más alineada con la verdad.
Y ahí me puse a pensar: ¿cuántas veces he ignorado esa voz que está gritando en mi cara? Porque no es que la sabiduría esté escondida o difícil de encontrar; es que a veces no queremos escucharla. Nos habla en cada consejo que desestimamos, en cada advertencia que ignoramos, en cada verdad que preferimos no enfrentar. Pero cuando le prestamos atención, cuando decidimos seguir su camino en lugar de irnos por el nuestro, de repente todo empieza a hacer más sentido.
No significa que la vida se vuelva fácil de la noche a la mañana, pero sí que dejamos de caminar a ciegas. Es como si, en lugar de avanzar a tientas en la oscuridad, alguien encendiera una luz que nos deja ver por dónde pisamos. Y eso, créeme, hace toda la diferencia.
Mañana te traeré algo de lo que aprenda, pero no quiero que esto sea solo de mi lado. Te pido que tú también lo leas y comparemos puntos de vista. ¿Qué te dice a ti este capítulo? ¿Qué parte te impactó más? Quiero saber qué opinas.
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