Desde que me separé de mi esposa , me alejé de muchas cosas, pero lo más doloroso fue haberme apartado de Dios. No es que me entregara a los vicios, nunca fui de beber mucho, quizá una o dos cervezas, nada más. Pero sí pasé noches enteras en bares, viendo a mis amigos perderse en el alcohol, cargándolos cuando ya no podían sostenerse en pie, asegurándome de que no se metieran en peleas. Y, sin embargo, nunca me di cuenta de que yo también estaba tambaleando, no por el alcohol, sino por el peso invisible que me hundía el alma.
Cuando la pandemia llegó, el mundo se apagó, y con él, mi conexión con las personas. Me aislé por completo. Nadie me buscó, yo no busqué a nadie. Pero en el silencio de mi soledad, el deseo de volver a la iglesia seguía latente, como un eco lejano que no podía ignorar. Sin embargo, el miedo me detenía. No solo el miedo a las críticas y las miradas inquisitivas, sino algo aún más profundo: me sentía sucio. Indigno. ¿Cómo podía presentarme ante Dios después de tanto tiempo lejos?
Mi madre, con su fé sencilla , me invitó varias veces. Tres veces en cuatro años logró convencerme de ir casi a rastras ha decir verdad. La primera vez fue un golpe a mi orgullo. Como era de esperarse, las preguntas llegaron de inmediato: "¿Y tu esposa?" Algunos no sabían que ya no estábamos juntos. Nos conocían bien, pues ambos servíamos en la iglesia. Me sentí expuesto, como si mi fracaso estuviera tatuado en mi frente.
Intenté una estrategia distinta: buscar una iglesia donde nadie me conociera. Pensé que si nadie sabía mi historia, no habría juicios ni preguntas. Pero al llegar, me sentí más observado que nunca. Las miradas me pesaban, aunque sabía que era mi mente jugándome en contra. Nadie tenía idea de quién era yo. Y sin embargo, mi propio juicio era suficiente para condenarme.
Pasó el tiempo, y mi madre volvió a insistir. Esta vez, cuando llegamos, la iglesia estaba cerrada. ¿Una señal? Tal vez. Pero entonces nos encontramos con otros miembros, quienes nos dijeron que la reunión se haría más adelante. Caminamos hasta el lugar indicado y descubrimos que no era un pequeño servicio, sino una reunión masiva de todas las iglesias de la comunidad. Había gente por todas partes. Me sentí bien de haber ido, pero dentro de mí seguía habiendo algo que no me dejaba estar en paz.
Esa semana, en mi búsqueda de respuestas, encontré predicaciones en YouTube. Escuché a un pastor predicando en una cárcel de máxima seguridad:
"Yo no estoy aquí porque sea santo. Yo peco más que ustedes."
Me indignó su declaración. ¿Cómo podía pararse frente a asesinos y criminales, proclamándose peor que ellos? Pero seguí escuchando.
"Soy el más pecador de entre ustedes. Estoy podrido por dentro, y por eso vengo a los pies de Cristo. Porque los sanos no necesitan médico, pero nosotros sí. Y no cualquier médico, sino Dios mismo, que nos atiende en persona."
Sus palabras me golpearon como un trueno. Luego, otra predicación de Dante Gebel terminó de sacudir mi corazón.
"Cuando un boxeador está cansado, angustiado, sin fuerzas, lo único que hace es abrazar a su oponente para no caer."
Esa imagen quedó grabada en mi mente. Yo había estado luchando contra Dios todo este tiempo, intentando mantenerme en pie con mis propias fuerzas, cuando lo único que necesitaba era abrazarlo.
Por la tarde, volví a escuchar a Toby Jr., y el mensaje fue aún más claro:
"Cuando estés mal, acércate a Dios. Lo peor que puedes hacer es huir de Él."
Hablaba de Jonás y la ballena, de cómo entre más huía de Dios, peor se volvía su situación. Vi mi reflejo en esa historia. Yo había estado huyendo, creyendo que podría navegar lejos de Su presencia. Pero, al igual que Jonás, me hundí más y más.
Esa noche no dormí. Al día siguiente, tenía dos opciones: ir al cumpleaños de mi abuela o ir a la iglesia y rendirme ante Dios. Sabía cuál era la decisión correcta, pero cuando llegó el momento, mi mente me jugó en contra.
Mis zapatos estaban gastados.
Los otros estaban sucios.
Mis camisas estaban rasgadas por ratones.
No había agua para bañarme.
Excusa tras excusa, como si una fuerza invisible intentara detenerme. Pero aún quedaba un resquicio de voluntad en mí. Encontré un par de zapatos olvidados, una camisa decente, y aunque el agua estaba suspendida, administré la poca que tenía. Me preparé.
Pero al salir de mi casa, me detuve en el patio. Di vueltas durante 25 minutos, atrapado en mi propia mente. "¿A qué voy a ir?" me pregunté una y otra vez.
Finalmente, respiré hondo y caminé.
Llegué justo cuando la reunión iba a comenzar. Los saludos fueron cálidos, las miradas no eran de juicio, sino de alegría. La predicación confirmó todo lo que había sentido esa semana:
"Acepta el regalo de Dios. Su perdón no es algo que debas ganar, es algo que Él ya te dio."
En ese momento, mi última excusa se desmoronó.
Hoy sé que mi lucha no terminó, pero ahora entiendo que Dios nunca me estaba esperando para juzgarme. Me estaba esperando con los brazos abiertos, como un padre que ve a su hijo regresar a casa.
Durante años, me sentí como si caminara por un sendero sin retorno. Creí que mi orgullo, mis fracasos y mi distanciamiento de Dios eran una brecha demasiado grande para cruzar. Pero la verdad es que, al igual que el hijo pródigo, fui yo quien se alejó creyendo que podía valerse por sí mismo, quien se perdió en la incertidumbre y el miedo, quien se convenció de que su pecado lo hacía indigno de volver.
Sin embargo, así como el padre en la parábola no esperó con reproches ni castigos, sino que corrió al encuentro de su hijo, así me esperaba Dios. No con una lista de exigencias, no con un sermón de recriminaciones, sino con una gracia que lo cubre todo. El hijo pródigo, después de haber malgastado su herencia y caído en la miseria, pensó que si volvía, solo podría ser un siervo. Pero su padre lo abrazó, lo vistió con las mejores ropas y celebró su regreso.
Así entendí que yo no era un extraño para Dios. No era un mendigo a sus puertas ni un forastero que debía demostrar su valor antes de ser aceptado. Era su hijo, y Él había estado esperándome desde el día en que me alejé.
Hoy sé que no importa cuán lejos haya llegado, cuánto tiempo haya estado vagando, o cuántas veces haya tropezado. Dios no estaba esperando mi perfección, solo mi regreso.
Y cuando por fin me rendí y volví a Él, descubrí que su amor había estado ahí todo el tiempo, intacto, inquebrantable, solo esperando que yo me atreviera a abrirle la puerta.
Dios no reparó mi matrimonio, pero está sanando mi corazón. Y en ese proceso —lento, doloroso, hermoso— descubro que Su amor nunca fue una llama que se apagó… sino un sol que brillaba tras las nubes que yo mismo dibujé.
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