Mira, esto es como cuando ves esos productos en internet que te juran y perjuran que son lo mejor del mundo, que van a cambiar tu vida, que si no los compras ya, te estás perdiendo de algo épico. Pero luego, ¿qué pasa? Te das cuenta de que todo ese bombo era pura publicidad pagada, y el producto en sí es más falso que billete de tres dólares.
Pues, amigo, así nos pasa con las personas también. ¿No te ha tocado conocer a ese típico personaje que no para de echarse flores? El que siempre está diciendo lo bueno que es, lo inteligente, lo talentoso, lo *perfecto* que es en todo. Pero cuando te fijas bien, te das cuenta de que todo es humo. Nada de lo que dice se sostiene en la realidad. Es como si su vida fuera un anuncio pagado: mucha pompa, poca sustancia.
En cambio, ¿sabes quién suele ser el más chido? El que no anda presumiendo. El que simplemente hace las cosas bien, sin tanto alboroto. Ese es el que tiene la viralidad orgánica, como cuando algo se hace famoso porque realmente es bueno, no porque alguien pagó para que lo fuera.
Así que, ya sabes, la próxima vez que te encuentres con alguien que no para de hablar de lo increíble que es, tómatelo con calma. No te dejes impresionar por las palabras bonitas. Fíjate en las acciones, porque al final, como dice el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
Y tú, ¿has conocido a alguien así? ¡Cuéntame en los comentarios!
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