Desde que me separé de mi esposa , me alejé de muchas cosas, pero lo más doloroso fue haberme apartado de Dios. No es que me entregara a los vicios, nunca fui de beber mucho, quizá una o dos cervezas, nada más. Pero sí pasé noches enteras en bares, viendo a mis amigos perderse en el alcohol, cargándolos cuando ya no podían sostenerse en pie, asegurándome de que no se metieran en peleas. Y, sin embargo, nunca me di cuenta de que yo también estaba tambaleando, no por el alcohol, sino por el peso invisible que me hundía el alma. Cuando la pandemia llegó, el mundo se apagó, y con él, mi conexión con las personas. Me aislé por completo. Nadie me buscó, yo no busqué a nadie. Pero en el silencio de mi soledad, el deseo de volver a la iglesia seguía latente, como un eco lejano que no podía ignorar. Sin embargo, el miedo me detenía. No solo el miedo a las críticas y las miradas inquisitivas, sino algo aún más profundo: me sentía sucio. Indigno. ¿Cómo podía presentarme ante Dios después de tanto...
Mis reflexiones personales